Se calcula que bostezamos una media de 240.000 veces a lo largo de toda la vida. Pocos movimientos involuntarios resultan más incontrolables e inoportunos que los bostezos. Ellos, por sí solos, son capaces de arruinarnos una cita romántica o dejarnos en evidencia desenmascarando un aburrimiento infructuosamente disfrazado de profundo interés profesional. Lo peor de todo es que, cuanto más esfuerzo se pone en disimularlos, más evidentes se hacen.

Sistema de refrigeración inmediata del cerebro, llamada de atención ante la falta de descanso, mecanismo para empatizar con el prójimo, autorregulador del estrés… Curiosamente, el origen de este gesto tan cotidiano sigue siendo, a día de hoy, uno de los grandes misterios de la Humanidad.

Para tratar de arrojar algo de luz sobre este asunto es importante conocer la localización de las áreas de nuestro cuerpo que está implicadas en su producción. Además de las zonas de la cara y cuello, hay que aclarar que, en el sistema nervioso central, los centros relacionados parecen estar en el hipotálamo y en el bulbo raquídeo. Las funciones vitales que se producen en estos puntos podrían justificar algunas de las teorías al respecto.

Si se tiene en cuenta que en el hipotálamo se regulan funciones como el hambre, el sueño y el comportamiento sexual, es razonable pensar que se bosteza cuando se tiene hambre, sueño e incluso podría estar relacionado con la empatía que se ejerce entre individuos de diferente sexo.

En el tronco cerebral se encuentra, asimismo, un sistema denominado formación reticular relacionado con la secreción de sustancias cerebrales (neurotrasmisores) implicados en el ciclo del sueño. De manera que, cuando necesitamos dormir, se pone en marcha el reflejo del bostezo. En esta misma región también se encuentran los centros que regulan la función cardiorrespiratoria.

¿Por qué son tan contagiosos? Por pura empatía. En algunos animales se ha observado como el bostezo influye en la relaciones entre distintos individuos de la misma especie, un hecho que también podría darse en los humanos puesto que es frecuente que cuando una persona bosteza también lo haga la que está al lado. Es más, este ‘virus’ se propaga con más facilidad entre amigos y familiares que entre simplemente conocidos.

Aunque pueda parecer todo lo contrario, bostezar puede ser una señal de que queremos mantener relaciones sexuales. Y es que, al hacerlo, se desencadena una tormenta de dopamina, oxitocina y serotonina que revoluciona las hormonas sexuales.